Un templo moderno en Shenzhen

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Miro a uno y otro lado: rascacielos sin ningún tipo de interés, carreteras de cuatro carriles por sentido, medianas ajardinadas, más rascacielos, más carreteras... Calor, humedad. El clima asfixia.

Estoy en Shenzhen. Mi paso por la ciudad, alejada de cualquier circuito turístico al uso, poco tenía que ver con el edificio de la Bolsa. Más bien estaba relacionado con mi interés por conocer sobre el terreno este experimento urbano-financiero de ya casi medio siglo, seguramente nacido inicialmente para aprovecharse de la inercia económica creada por Hong Kong en el Delta del Río de las Perlas y más tarde para ser deliberadamente su sombra y heredera ya en la China continental. Con todo, poco esfuerzo suponía su visita una vez en la ciudad.

Doy media vuelta. ¡Ahí está!

Ésta es, sin duda alguna, la obra cuya visita más me ha tomado por sorpresa en los últimos años. Bien es cierto que, siendo justos con la verdad, no suficiente dedicación había puesto en su estudio, más allá de esos inevitables minutos de atención que los arquitectos le concedemos a cada nueva obra de Rem Koolhaas y a la lectura de algún que otro texto sobre el edificio de aquellos a quienes uno considera maestros.

Echo un vistazo a mi alrededor. Todas las torres vecinas son una más en la ciudad: intrascendentes, caprichosas. Pretenden mucho, consiguen poco. Nada que ver con esta obra de Koolhaas. La palabra sería contundencia; quizá rotundidad; o tal vez monumentalidad. Una monumentalidad severa, abstracta. Impresiona. Intimida. Seduce.

El edificio de la Bolsa está situado en el centro de la ciudad, en un nuevo distrito financiero que nos muestra cómo los años del Shenzhen de las manufacturas de bajo costo han dado paso a un gigante tecnológico. El ritmo de crecimiento es frenético y en ocasiones nos topamos con paisajes repletos de grúas que serían imposibles en otras naciones. No obstante, la arquitectura no aparenta estar a la altura de la urgencia de transformación que demandan tanto la ciudad como el país, y los rascacielos únicamente aspiran a pelearse por demostrar cuál es más banal y prescindible. Si bien esto no parece un problema, en China, así como en la mayor parte de Asia, se diría que toda construcción está destinada a ser efímera y de nada se espera que perdure más que unas pocas décadas. Mientras dure el músculo económico la arquitectura será enmendable, para bien o para peor.

No me va a resultar fácil acercarme al edifico, a pesar de encontrarme a escasos cincuenta metros. Delatante de mí tengo una carretera, o más bien autopista urbana de cuatro carriles por sentido y mediana en su centro. Sólo eso me separa. ¿Por dónde cruzar? En esta parte del mundo esta pregunta es recurrente. ¡Qué calor!

Es indiferente el grado de desarrollo de los países asiáticos, las conexiones peatonales nunca son prioridad. Con algunas excepciones —principalmente Japón y tal vez Corea, a la que no he viajado aún—, moverse por la ciudad a pie es una y otra vez un auténtico reto. Es más, cuanto más reciente es el urbanismo, más inhumano se vuelve. La cuestionable y precaria solución de las pasarelas elevadas suele ser la única salvación. Shenzhen nos muestra satisfecha este tipo de planeamiento en el que los rascacielos son espaciados en un gran parque verde atravesado por una infinidad de carreteras y autopistas, dando lugar a una escala de ciudad que deja aisladas e inconexas las manzanas para el peatón. Le Corbusier se emocionaría; los que no somos Le Corbusier lo sufrimos, si bien los chinos con orgullo.

Sigo sin encontrar la manera de cruzar, insisto, no es sencillo, y el riesgo de insolación no invita a optar por soluciones que pasen por dar grandes rodeos. Mientras tanto me percato de que esta parte de la ciudad parece desierta, no veo coches en las calzadas, ni peatones en las aceras. Es día festivo en China y éste es únicamente un distrito financiero.

La necesidad de reflexionar sobre un urbanismo zonificado en áreas demasiado especializadas cobra en Shenzhen todo el sentido. ¿Hasta qué punto es sostenible que la excesiva segregación funcional del tejido urbano colapse o vacíe según qué zonas de la ciudad a determinadas horas del día o en determinados días de la semana? Ahí queda la pregunta. Regresemos.

La crueldad del clima en esta época del año no descansa un instante. Soy reiterativo, sin embargo, es éste un aspecto clave para entender el lugar. Al menos ya me encuentro delante del edificio. Estoy ante un templo, un templo moderno, un templo al dinero, al poder. Te hace sentir pequeño e insignificante. Percibimos una tensión en el volumen que es la que nos atrapa. Koolhaas parece haber manipulado la génesis de lo que habitualmente entendemos por rascacielos para transformarlo en un monumento en el que los ecos clasicistas están presentes de una manera formidable. ¿Habría sido similar la respuesta siendo otro el cliente, una multinacional por ejemplo, y no la casa del dinero, y por lo tanto, un brazo del gobierno?

No ha pasado desapercibida en este primer vistazo una escultura descomunal en el costado Este de la fachada principal. Su capacidad de atracción sólo es superada por la del propio edificio. Inevitablemente la mirada salta del rascacielos a la escultura, de ésta a aquel y así vuelta a empezar durante unos minutos. Dará igual cuantas veces trate el lector de recurrir a fotografías: hacerse una idea de su tamaño no es tarea sencilla. Incluso una vez asimilada mínimamente su escala la perplejidad no cesa. El término que viene a la mente es extravagancia, kitsch, y únicamente surgen preguntas: ¿Cuánto ha tenido que ver Koolhaas en la elección del escultor? ¿Es vulgar? ¿No lo es? ¿Está Koolhaas ridiculizando los prejuicios del resto de sus compañeros de profesión, una vez más? Son cuarenta y ocho metros de altura de bronce blanco en los que se pueden distinguir dos cabezas de toro, dos dragones, un fénix y otros símbolos de la cultura tradicional china. No por casualidad se me hace inevitable pensar en el órgano barroco de la Casa de la Música de Oporto. Aquí como allí, ambos te dejan contrariado.

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Volvamos al edificio. Aunque la conexión con el clasicismo monumental viene a la menta de golpe, de un modo poco más que inconsciente, enseguida reparamos en las razones que justifican tal intuición. La composición tripartita que da lugar a la torre es más que evidente para cualquiera que se haya tomado la molestia de ojear una sección o alzado. Ésta se apoya sobre un plinto de piedra con una inmensa escalinata que aporta a todo el conjunto un grado de significación poco habitual hoy en día. La fuerte presencia de este pedestal a nivel de calle es únicamente comparable a la del volumen en voladizo. La escalinata salva unos seis metros de altura a lo largo de aproximadamente veinticinco metros de ancho. Parémonos por un instante a imaginar la dimensión de aquello de lo que hablamos: pensemos en una escalera cuyo ancho equivale a una hilera de cinco vehículos y salva dos plantas de altura. Ciertamente, el plinto había escapado a mi atención en planos y secciones, donde se percibe más bien tímido en relación al cuerpo volado si no se presta la suficiente atención.

Koolhaas limita las deudas contraídas con la arquitectura clásica al romper la simetría en el pódium, colocándolo únicamente en la parte central y costado Oeste del solar. Sin embargo, el arquitecto apunta a que existe otra simetría —más bien armonía—, la de las masas, cuyo equilibrio no debe ser perdido. Aquí adquiere significado la contundente escultura que, ocupando el vacío Este —dejado por el plinto—, reequilibra el juego de volúmenes. Pero como si de un ejercicio de ida y vuelta se tratara —similar al de una balanza de platillos— y pareciendo ahora de no suficiente envergadura el costado Oeste del plinto, éste se completa con otra escultura sobre su parte alta: los toros, expresión de los mercados financieros al alza. El equilibrado de las masas ha sido completado; es sencillamente formidable. La contradicción y ambigüedad generadas por este juego de simetría y asimetría nos remite a las enseñanzas de Venturi.

Sigamos, si la incomodidad causada por la temperatura lo permite. El volumen sobre el pódium se constituye únicamente de una retícula de pilares y vigas sobre los que se superpone una estructura triangulada a modo de cercha. Nada más: sirva esto de aviso a los amantes del parametricismo. Los huecos miden unos tres metros de ancho por casi cinco de alto; machones y dinteles son de metro y medio de espesor y profundidad. Veinte huecos a lo largo de los alzados frontal y posterior y doce en los alzados laterales. Repitamos otra vez el ejercicio de imaginar aquello de lo que estamos hablando y, por lo tanto, de comprender la escala real del edificio: cada hueco tiene una superficie de catorce metros cuadrados, un camión podría entrar a través de cada una de esas ventanas y aún quedaría espacio libre en su parte superior. El área ocupada en planta por uno de los pilares equivaldría al de un modesto aseo de una vivienda cualquiera. Yo mismo, incluso después de haber visitado el edificio, soy consciente de la dificultad de imaginar su escala de nuevo. Y vamos un paso más allá: en el caso de la estructura triangulada estamos hablando de barras de unos dos metros y medio de espesor cuya área en sección sería de unos seis metros cuadrados. Por otra parte, las primeras imágenes de proyecto mostraban este volumen con una retícula romboidal, subordinada a las directrices de las diagonales de la cercha. Estaba más cerca de la Biblioteca de Seattle y del CCTV de Pekín. El cambio para mejor es evidente. No debemos olvidar que no se trata de soluciones meramente estructurales, sino de una búsqueda consciente y deliberada de la escala monumental, un camino inusualmente perseguido en la consecución de un rascacielos en el que el arquitecto habitualmente se preocupa de borrar el músculo del edificio en lugar de exhibirlo o potenciarlo.

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Sobre nuestra cabeza, elevado treinta y seis metros por encima de la cota de la calle y omnipresente a cualquier mirada, el volumen en voladizo causa tal impresión que es el elemento más definitorio del proyecto, no por el alarde estructural, que también, sino porque infunde sensación de respeto, autoridad y orgullo. Para comprender el acierto de esta operación pensemos en el manejo que de esta gran masa pudiera haber hecho cualquiera de los colegas que han edificado en Shenzhen: la tentación de ubicarla en una posición cercana a la coronación de la torre hubiera sido demasiado intensa como para vencerla. Todo el simbolismo contenido por su condición de gran pórtico se hubiera ido al traste. En cuanto al juego de ventanas horizontales entiendo que Koolhaas introduce nuevamente un elemento contradictorio dentro de la simetría, al tiempo que hace un guiño irónico, como en alguna ocasión acostumbra, tanto a Le Corbusier como a la modernidad.

El cuerpo más elevado lleva al extremo el sistema de repetición del cuerpo bajo, pero ya liberado de diagonales. Todo se depura hasta ser reducido a retícula, hueco y sombra. Una vez más recursos conocidos al servicio de la consecución de la monumentalidad. En su afán por conseguir este despojamiento se ve obligado a apurar la técnica constructiva para que, existiendo la ventana, ésta desaparezca y percibamos únicamente un bloque macizo en el que se han horadado una serie de vanos. De nuevo la realidad construida es superior a las imágenes preliminares. Si comparamos ambas vemos como la contundencia ganada por el aumento del espesor de pilares y machones es innegable. Koolhaas logra así una tensión entre sólido y vacío similar a la del Osario de San Cataldo, el Palazzo della Civiltà Italiana de Roma o el edificio de los Sindicatos de Madrid. Asociaciones meramente inconscientes que dejan a un lado su inocencia al reparar en la construcción bajo regímenes totalitarios de dos de estos ejemplos. Es probable que este paralelismo no vaya más allá de ser una anécdota, si bien, se vuelve pertinente plantearse la pregunta de si Koolhaas, de alguna manera, trata de retratar sutilmente a su cliente.

Especulaciones aparte, Koolhaas crea un símbolo que debe satisfacer las ambiciones de la República Popular China, que representa su modelo y su poderío financiero en la ciudad que encarnó el cambio de paradigma económico a finales de los setenta de la mano de Deng Xiaoping y que, hoy en día, es el buque insignia de su tecnología. La respuesta de cualquier otro arquitecto muy probablemente hubiera sido la de intentar conquistar el techo de la ciudad, pero Koolhaas es perfectamente consciente de que actualmente alcanzar el simbolismo a través de la altura es una meta ingenua y perdida de antemano. Cualquier tentativa de esa índole será eclipsada casi de inmediato en China. Sin mencionar que cuanto mayor sean las aspiraciones de crecer hacia arriba, mayor será el programa funcional demandado para colmatar el edificio —aunque bien es verdad que el contenido es en ocasiones un tema menor para muchos promotores deseosos de satisfacer sus ambiciones—. Pensemos que una torre como ésta, que se eleva unos 250 metros, no deja de ser comedida en este contexto. A la trampa de la altura como medio para alcanzar lo emblemático debemos agregar la de las formas blandas y paramétricas en las que otros muchos arquitectos se han enredado en China, cegados por una tecnología que les domina. Koolhaas se muestra conocedor de las tentaciones a evitar y nos propone este icono para representar el éxito que para China supone su modelo: control de las libertades a cambio de un torrente de desarrollismo sin límite conocido, en lo que aparenta ser un pacto no escrito entre sociedad y gobierno —aunque ese desarrollo no haya llegado a todos y quizá nunca lo haga—. Inconcebible en Occidente, deseado en Oriente.

Aún hay más. En los proyectos de gran escala es la norma ver como los arquitectos se enmarañan en detalles superfluos que entorpecen la definición del volumen. Esto nos demuestra cuánto el ejercicio de limpieza de elementos menores aquí realizado no es precisamente sencillo. No hay detalles, tan sólo masa o vacío. Parece como si el arquitecto se hubiera autolimitado a definir completamente el edificio a una escala de no mayor detalle que la uno a quinientos. En cambio, si volvemos la mirada alrededor, todo, sin excepción, son torpes intentos formales, acumulación en lugar de depuración de detalles de fachada que no logran llegar a sitio alguno. Incluso un vecino en construcción trata de reinterpretar a Koolhaas cayendo en todos estos errores.

La búsqueda de una monumentalidad sin contemplaciones le conduce a servirse de los recursos que la historia de la arquitectura pone a su disposición y que en tantas ocasiones el resto de arquitectos no somos capaces de trasladar a la realidad de nuestros días: el pódium, la escalinata, la composición tripartita, el pórtico, el ritmo, la repetición, la profundidad del hueco, el grosor de machones y dinteles, la escala monumental, el volumen puro, la escultura, el juego de masas… Y sin por ello sucumbir al historicismo. No son escasas las ocasiones en las que Koolhaas nos ha repetido que donde no hay arquitectura todo es posible, pero parece ser que en esta ocasión es imposible no admitir en parte su presencia.

Y cuando creemos haber logrado comprender la obra en su totalidad una vez más aparece Venturi, con su ambigüedad, su contradicción y sus dobles significados: las pilastras y arquitrabes, al principio macizas a nuestros ojos, se desvanecen, dejan entrever un interior casi vacío que es únicamente ocupado por vigas y pilares metálicos empresillados. Prácticamente todo su núcleo es aire. El efecto de semi transparencia va variando en función de la incidencia de la luz.

Lamentablemente no pude visitar el interior del edificio más que por unos instantes uno de sus vestíbulos. Éstos se sitúan en las fachadas Este y Oeste, uno a cota de la calle y otro sobre el plinto. El primero dando acceso a la Bolsa y el segundo al resto de oficinas. En ellos se hace presente el juego de claroscuros creado por la retícula de machones y pilares, al igual que su desmaterialización al ser atravesados por la luz. La severidad y desnudez de estos interiores hace que, a pesar del calor, todo se vuelva frío.

En una de las mecas del parametricismo y las formas caprichosas esta torre les da un auténtico sopapo en la cara a aquellos que atienden más a las posibilidades de los programas informáticos que a las del conocimiento de la disciplina. Pensemos por un momento en cuántas arquitecturas hijas de estas modas, en su esforzada vanidad de formas, han sido capaces de alcanzar momentos tan sublimes como el de esta obra de Koolhaas. En Shenzhen ninguna. Todas han fracasado, se han perdido en el mismo laberinto de geometrías complejas y falta de coherencia. Ésa es la diferencia entre servirse de la tecnología y ser dominado por ella. Intuyo que esta obra resistirá el paso de las décadas mucho mejor que cualquier otro edificio en China. No es hija de las modas. No es esclava de su tiempo.